
Viveiro tiene esa magia rara: durante unas horas es costa, polvo y brisa; y, al minuto siguiente, es un santuario de amplis donde lo cotidiano desaparece. Resurrection Fest 2025 se vivió como se viven las ediciones que se te quedan en el cuerpo: con decisiones pequeñas que lo cambian todo (qué escenario, qué hueco, qué banda “por probar”) y con una banda sonora que te acompaña incluso cuando ya estás de vuelta al camping, hablando a gritos como si el silencio fuese una traición.
Esta crónica no va de verlo todo (nadie puede), sino de recorrer el festival por días a través de los conciertos que marcaron el pulso: desde el peso de los nombres históricos hasta la sorpresa de los que te atrapan sin pedir permiso. Cuatro jornadas, cuatro estados de ánimo.
Día 1 —Una bienvenida con dientes
El primer día tiene esa mezcla de ilusión y ajuste de cuentas con el terreno: llegar, ubicarse, asumir que vas a caminar más de lo que habías aceptado mentalmente y empezar a calibrar el sonido “del Resu”. Y, aun así, la jornada entró fuerte desde el principio.
Arabrot abrió la experiencia como debe abrirse un festival de guitarras: con algo que no busca caer bien, marcando un tono áspero y tenso, de esos directos que entran mejor si se asume lo incómodo como parte del encanto. Si bien es cierto, hubo ciertos problemas de sonido que no tardaron en solucionarse. Después, The Southern River Band cambió el registro con rock más directo y de sala pequeña, ideal para activar a la gente temprano y dejar un concierto fácil de seguir aunque no se viniera de casa con el repertorio aprendido. En lo alto del día quedó Judas Priest, con el tipo de show que se sostiene en himnos que suelen caer sí o sí: “Breaking the Law”, “Painkiller”, “You’ve Got Another Thing Comin’” o “Living After Midnight”.El cierre emocional del día lo puso Pentagram, con esa aura de culto que convierte el doom en ceremonia. No es un concierto para saltar sin pensar: es un concierto para dejar que el riff te pese en los hombros. Después de Judas Priest, Pentagram fue como bajar la luz del cuarto, pero subir la intensidad. Oscuro, denso, hipnótico. Perfecto para terminar el día con la sensación de que ya has cruzado la puerta y no hay vuelta atrás.
Día 2 —Del trance al golpe
El segundo día ya se vive distinto: ya hay rutina, ya hay polvo en las zapatillas y el cuerpo empieza a entender el “ritmo Resu”. A cambio, la música entra más directa.Fue el día más de contraste. Messa aportó una actuación atmosférica, apoyada en ese rock/doom elegante de su etapa Close (con cortes como “Suspended” o “Dark Horse” como referencias claras del sonido actual). Seven Hours After Violet llegaban con el interés de ser un proyecto reciente liderado por Shavo Odadjian y con un debut homónimo muy cercano en el tiempo, con singles como “Paradise”, “Alive” o “Radiance” que ya circulaban fuerte; aun así, fue el punto flojo del día: set con menos pegada de la esperada y sensaciones irregulares (más por resultado global que por falta de nombre o expectativa). Luego Conan metieron el bloque más denso, con ese “muro” lento de su etapa Evidence of Immortality (muy de riff pesado y tempi aplastados). Till Lindemann llevó el tramo más teatral del jueves, en línea con su disco Zunge y temas del repertorio solista como “Ich hasse Kinder” o “Zunge”, donde el show pesa tanto como las canciones. El Altar del Holocausto cambió a un formato instrumental y de desarrollo largo, pero con un despliegue en el escenario que hizo que la gente se volcara a tope en el concierto y el cierre con KoRn fue el más efectivo para terminar arriba: suelen sostener estos sets con clásicos inevitables (“Blind”, “Freak on a Leash”, “Falling Away from Me”, “Here to Stay”), y aquí funcionó como final redondo de jornada. Riffs reconocibles al segundo, energía de clásico que no ha perdido mala leche y un público entregado que ya venía con el día en modo “sin frenos”. KoRn fue ese final que te deja la garganta hecha polvo y la cabeza feliz.

Día 3 —El día más suave, pero no tranqullo
El tercer día se plantea con una idea clara: bajar un punto y elegir por gusto, no por obligación. Y se agradece. Porque el Resu también es eso: decidir que no pasa nada por saltarse cabezas de cartel si no te interesan, y que tu festival lo construyes tú.
La carga emocional del día la repartieron bien estilos muy distintos: Aphonnic destacó especialmente por el componente “de casa”: banda gallega tocando en el escenario principal del que es, seguramente, el festival fetiche de la banda, con un momento muy comentado por el gesto de sacar la bandera de Palestina, tras haber anunciado los días previos del festival la donación de lo cobrado en el festival en apoyo al pueblo palestino. Soen aportaron el tramo más pulido y melódico, muy en la línea de su etapa Memorial (con ese enfoque progresivo accesible y estribillos grandes). Derby Motoreta Burrito Kachimba rompieron la dinámica típica del metal con un concierto más psicodélico y rockero, de esos que refrescan el día porque cambian el tipo de “movimiento” del público. Harakiri For The Sky devolvieron la intensidad larga y más oscura, y Angelus Apatrida cerraron como apuesta segura: thrash directo, veloz y con esa sensación de banda que en festival rara vez falla. Thrash con oficio, energía de casa jugando en casa y un público que responde porque sabe que con ellos no hay relleno. Fue el concierto perfecto para cerrar la jornada con adrenalina, sin tener que mirar el horario de los grandes nombres.
Día 4 — El final que se convierte en historia
El cuarto día tiene un sabor especial: por un lado quieres estirar el tiempo; por otro, sabes que el cuerpo ya va con lo justo. Y ahí es cuando los conciertos que valen la pena se sienten el doble.
Slomosa fue gasolina fresca: stoner con gancho, riffs que entran fáciles. Llegaron con el empuje de Tundra Rock (2024), muy de riff stoner con gancho; “Cabin Fever” o “Battling Guns” encajan perfecto para esa franja de festival. Russian Circles ofrecieron uno de los conciertos más sólidos por dinámica: instrumentales que crecen y aprietan, combinando material de Gnosis (2022) con clásicos muy celebrados como “Harper Lewis”. Vader pusieron el tramo más “a piñón”: metal rápido y sin pausa. Slipknot cumplieron el papel de gran espectáculo (set sostenido normalmente por hits como “Duality”, “Psychosocial” o “Spit It Out”), pero el punto más alto del día y del festival, por impacto fue Zeal & Ardor: por personalidad y por cómo suena esa mezcla, con guiños a temas clave como “Devil Is Fine” o “Blood in the River” y con el contexto de venir de Greif (2024), que además fue su primer álbum grabado como banda completa. El cierre con Skindred fue el “final para salir contento”, apoyado en su fórmula festiva y en la etapa de Smile (2023), con canciones de empuje fácil y actitud de concierto para despedirse bailando más que sufriendo.
Insistimos que si hay un nombre que señalar con claridad, es Zeal & Ardor. Y se entiende. Porque cuando una banda tiene identidad propia y además lo clava en directo, el concierto se vuelve “evento”. Esa mezcla de oscuridad, groove y sorpresa constante los hace distintos a todo lo demás del cartel. No fue solo calidad: fue personalidad. Y en un festival así, eso se recuerda.
Esperamos con ansiedad la edición de 2026 que seguro que, de nuevo, harán de Viveiro la capital del metal en España.
Stay Pelletier!!


