Un comentario en “LA ESTRATEGIA DEL AVESTRUZ: W.A.S.P. EN LA RIVIERA

  1. Hace cinco años la cosa lució mejor:

    ” En los 80, si te gustaba el heavy pero tenías espíritu punk, caías rendido irremisiblemente ante ellos. Pura provocación, empezando por el nombre. WASP eran las siglas de “Blanco anglosajón y protestante”, es decir, las palabras que identificaban a la juventud ricachona, elitista y fascista de los EEUU (aquí los plubicistas lo suavizaron en JASP durante el final del felipismo y los inicios del aznarismo, no se crean).
    Pero ¡un momento! ¡Resulta que su líder se llama “Blackie Lawles”! ¡El negrito sin ley! Ha tocado rítmicas para los New York Dolls, (aquellos parias travestidos que inventaron el Punk) pero su voz suena deliciosamente heavy, estridente y lírica a la vez, como si el diablo hubiera aprendido a recitar poesía para seducir novicias y aterrorizar a las madres superioras. Pero esas siglas…. ¿Qué están diciendo? “We Are Sexual Perverts” ¡En los USA habían saltado todas las alarmas! Sexo, droga y rock and roll … y encima choteándose de la elite predicadora. Contra ellos se creó el PMRC,comité de censura responsable de ese rectángulo negro que aún se ve en algunos discos (“Parental Advisory Explicit Lyrics”) perseguidores de Ozzy, Madonna y tantos músicos y, en el fondo, plataforma política de la extrema derecha yanqui, que por aquel entonces se encontraba tanto en el burro como en el elefante y que lideraba la intolerante Typer Gore, esposa del indeseable Al Gore (se puede hacer una gran antología de rock solo con las canciones que le dedicaron a esa fulana de tal). Amigos, si queréis saber por qué muchos artistas e intelectuales americanos, incluso de izquierdas, han preferido a Trump antes que a Hillary, repasaos la historia de este execrable grupete y entenderéis algunas cosas.

    Pues bien, los WASP, que no eran ni tan buenos ni tan malos, explotaron esta controversia para conseguir un éxito mundial entre la parroquia heavy, sostenido con pegadizas canciones y animados directos. De todos modos, muchos éramos conscientes de que WASP tampoco eran Iron Maiden, así que poco a poco fueron cayendo en el olvido. Aunque no tanto como para no poder g¡rar cada dos años en salas de aforo medio y mantener un estatus de banda de culto para nostálgicos postadolescentes.
    En medio este semirretiro, Blackie Lawless concibió THE CRIMSON IDOL, una ópera rock muy influida por los WHO, en la que canalizó cada uno de los matices presentes en sus discos anteriores para crear una obra “seria” . Y, claro, la obra fue un “serio” fracaso. Muchos directamente la ignoramos. WASP estaba haciendo música para adultos y los ahora adultos preferíamos a Lou Reed.

    Pero ahí estaba yo, pasando una resaca de 2017 con la discografía de WASP y dos buenas noticias: su música resiste milagrosamente bien el paso del tiempo y ¡OH! tocaban en España este otoño (¡!)
    Y allí nos juntamos dos amiguetes, en la casposa sala La Riviera preparados para volver a la adolescencia por un rato.
    Se hace el oscuro, y….mmmm… ehhhh…. Blackie ¿empiezas con una guitarra acústica? ¿Qué es esto? Pues esto es ni más ni menos que The CRIMSON IDOL de principio a fin, 25 años después, 70 minutos de obra conceptual con puesta en escena melancólica, pantallas, luces cavernosas y cero interacción con el público. Alguno se estaba comiendo la entrada. Yo no. Yo estaba descubriendo por qué unos aparentemente garrulos WASP me habían gustado tanto y aún me seguían gustando. Porque resulta que THE CRiMSON IDOL es casi una obra maestra del rock. Los pasajes líricos son conmovedores y las descargas rockeras son las más feroces de toda la historia del avispero y todo con enjundia, con una banda excelente, muy compenetrada, que sube y baja la intensidad según lo exijan las emociones, destacando el alucinante fichaje de Aquiles Priester, exbatería de Angra, que toca como si las huestes de Atila hubieran ido al conservatorio, y con Blackie Lawleess grave, dejando el protagonismo a la historia que vemos en una peliculita en blanco y negro y escuchamos sin pausa a través de las guitarras. Y Blackie, a sus 62 palos, mantiene esa voz de lucifer, violenta y lírica. Se apoya en coros en vivo y también grabados (quien haya escuchado el álbum sabrá que no hay otra posibilidad) que, por otro lado, casi nunca necesita, porque el público ya se encarga de cantar esas partes y porque los pasajes solistas demuestran que el “negrito” con pinta de gobblin decrépito canta con un par de cojones.
    Termina la ópera. Largo silencio y pausa. Hora de la birra y la cistitis (el público también ha cumplido años). Vuelve a salir Blackie, y ahora sí, sonrisas, agitación y clásicos de los 80, pocos pero entrañables: “Love Machine” y ¡sí! “Wild Child”. Ahora sí: Lawless corre, anima y nos muestra el divertido tipacarraco que fue en sus años gamberros. El público enloquece y entonces, cambio de tercio, pues resulta que Blackie es un devoto cristiano (hay muchas formas de provocar, señora Gore) y dedica 7 minutos a un tema reciente llamado “Golgotha” que es excelente y que, para mi sorpresa, el público celebra como si estuvieran escuchando “Inside to the electric Circus”. Un poco de aire, el respetable le muestra su amor a Blackie y este se deja querer y lo demuestra con su guitarra vacilando simpáticamente al personal. Y entonces sí: ” I wanna Be sombody”, el himno de los adolescentes malotes de los 80. Todos sabemos que es la última pero estamos en modo peterpánico. Gran final.
    En la prensa musical a WASP se le reprocha el repertorio (pero ¡qué carajo!, un artista debe tocar lo que le llena de verdad para que la música sea de verdad) y también se quejan de que la cosa no pase de hora y media.
    No sé, en edad prejubilar y con la intensidad que exhibió el señor Lawles ¿qué preferís: una hora y pico de huracanes o dos nostálgicas horas de “cualquier tiempo pasado fue mejor”? Pues eso.”

    Gústame

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